ROLLING STONE: NOS ROMPEMOS IGUAL

Las horas previas de la banda que teloneó que teloneó a los Rolling Stones. Por encima de las controversias y la mala leche de algunos, Diamante Eléctrico salió victorioso de la prueba más dura.

 

Antes de las tres de la tarde, Juan Galeano (bajo), Daniel Álvarez (guitarra) y Andee Zeta (batería) recorren la cancha de El Campín mientras contemplan el gigantesco escenario de los Rolling Stones con sus enormes pantallas y larguísimas pasarelas. Detrás de la tarima, el estadio es como una sucursal de la ONU. Decenas de acentos (unidos en esa lengua universal que es el inglés chapuceado) se escuchan por todos lados, haciendo evidente la magnitud de la empresa que es la banda de rock más grande del mundo.

 

En medio de esta versión colombiana de la Torre de Babel hay un camerino muy pequeño que parece estrecharse ante la cantidad de chucherías, pedales y maletas que lo invaden. Ahí están ahora los integrantes de Diamante Eléctrico. Buscando hablar con calma prefieren salir a una zona donde hace poco ha almorzado buena parte del equipo técnico.

 

“Para este concierto tuvimos que tomar una decisión sobre las discusiones a las que les íbamos a parar bolas; qué íbamos a oír y dónde lo íbamos a oír. Si usted se queda oyendo las discusiones en el barrio, se vuelve amargado y limita su poder creativo y su poder de gestión. Entonces dijimos: ‘Con mucho amor y cero soberbia nos enfocamos en el frente, vamos a oír las discusiones que nos corresponden y nos enriquecen, vamos a tener que desconectarnos’. La escena es muy cómoda cuando todos están iguales. Cuando alguien se adelanta, se vuelve un chismerío asqueroso”, sentencia Daniel.

 

Nuestros viejos decían: “Al bagazo, poco caso”.

 

 

Diamante Eléctrico ha llegado hasta acá por razones que resultan elementales, pero que aún no parecen integradas al ADN del rockero promedio nacional: gestión, organización, trabajo y profesionalismo. Algunos siguen allá afuera protestando por “las roscas”, incapaces de armar una rosca propia que funcione más allá de las envidias, las quejaderas y la rumbita. “Acá el que se organiza es un gomelo… ¡Nosotros queremos vivir de esto! Y queremos vivir bien. Eso solo se logra siendo organizados”, manifiesta Juan.

 

“Lo decíamos cuando teloneamos a Foo Fighters: ‘Si no hay carrera antes y no hay carrera después, esto no vale pa’ mierda, solo queda como una anécdota’”, insiste Álvarez. Este es apenas un paso en un camino largo.

 

Galeano habla muy bien de las otras tres agrupaciones opcionadas [Revólver Plateado, Árbol de Ojos y Carlos Elliot Jr.], pero considera que probablemente la experiencia ante grandes públicos (más ruido que han sabido hacer) estuvo a su favor. También hay elogios para Telebit, y al preguntarles cuál banda les habría gustado ver si ellos no hubieran sido los elegidos, Galeano y Álvarez responden casi al mismo tiempo: “Revólver”.

 

“Obviamente entendemos el malestar de alguna gente que se queja porque otra vez somos nosotros, pero esto nos cogió trabajando; un día nos llamaron y nos dijeron: ‘Les van a abrir a los Stones’. Ni siquiera nos dijeron que mandáramos el material, con los Foo sí”, asegura el bajista y cantante.

 

El hecho de que Juan y Andee hubieran trabajado con Andrew Loog Oldham (mánager y productor de los Stones en los 60) no representó un empujón para que Diamante Eléctrico accediera a esta oportunidad, pero es clarísimo que haber estado a su lado les enseñó mucho de lo que hoy son como músicos.

 

La situación actual de nuestra pequeña y convulsionada escena rockera domina la conversación. Pasa de todo, pero a veces se siente como si no pasara nada. “¿Qué conciertos se llenan acá en los estadios y los sitios más grandes? Los de rock. El público está, pero algo estamos haciendo mal en la escena local”, dice Andee, el menor y más reservado a la hora de las entrevistas. Sin excesos de confianza, los tres han entendido que para seguir creciendo deben trascender lo local y continuar trabajando.

 

Están ansiosos. Las pulsaciones suben y bajan. Tienen un yo-yo en el corazón. Agradecen la charla porque los despista por un rato. Ahora es mejor dejarlos en paz.

 

Antes de las cuatro y media empieza a caer un aguacero infernal. El camerino no tiene piscina, pero dentro de pocos minutos parecerá una; todo el mundo corre a tapar los equipos con cajas y cartones. A un lado del pequeño desastre, 15 policías charlan y toman tinto mientras la chica que maneja la greca lamenta no tener cuatro manos. Puro rock & roll.

 

“Tengo oriental baja a mitad de precio”, dice una mujer que habla por teléfono en medio de la gente que trabaja para que el show sea posible. Con el camerino completamente inundado, es necesario trastear los equipos a otro lado, y la banda es llevada a un lugar aún más pequeño. Hay truenos, rayos, y agua por todos lados.

 

Pensamos en los embalses y en la renuncia del señor ministro. Nadie quiere otro apagón, pero una parte del backstage queda a oscuras. Pensamos también en el público que está afuera mojándose y aguantando un frío infame. Mañana habrán olvidado todo esto y estarán felices, a pesar de la tarjeta de crédito. Puto rock & roll.

 

Se supone que faltando un cuarto para las seis Galeano y sus amigos deben estar probando sonido. Sin embargo, gran parte del piso del escenario se ha mojado y las cosas se complican. Ha pasado una hora desde que empezó el diluvio y ahora hay apenas una lluvia pendejita. “Antes me preguntaba si iban a dejarnos usar las luces o las pantallas, ahora lo que me preocupa es saber si vamos a poder tocar”, dice Daniel con una sonrisa nerviosa. Son las seis y 10 minutos. Dentro de poco más de hora y media deberán estar en la arena enfrentando a las fieras.

 

Ya no hubo prueba de sonido, pero la banda está dispuesta a guerrear. “Con que suene ese bajo y la guitarra, ya estamos”, dice Galeano, que debería estar guardando silencio por recomendación médica. Tensión muscular secundaria: “No es por cantar. No sé hablar, y yo hablo más que un hijueputa”.

 

En el pequeñísimo cubículo que les han asignado tras la inundación, Andee calienta golpeando una silla con sus baquetas y algo de rabia contenida. Alguien hace chistes para bajarle dos puntos a la angustia; el tiempo pasa raro y sin noticias. Solo saben que allá en el escenario está su gente haciendo todo lo necesario para que pase lo tiene que pasar.

 

A las seis y 50 los llaman al escenario. No importa, “nos rompemos igual”. Un aplauso en la distancia para “Pablito”, el ingeniero de sonido que los ha sacado adelante en mil batallas. Esta no será la excepción.

 

El camino hasta la tarima es corto, pero uno no sabe cómo funciona la relación espacio/tiempo en la cabeza de quien está a punto de telonear a los Stones.

 

Una vez arriba se encuentran con el bluesero Carlos Elliot Jr., que reparte abrazos y les desea toda la suerte que van a necesitar.

 

Un cuarto músico los acompañará; es el teclista Miguel Rico, que parece tranquilo (u oculta muy bien su ansiedad) antes del concierto. Junto a Fonseca ha tenido la oportunidad de afrontar públicos grandes, pero esto es otra vaina.

 

Los tres miembros de la banda son tipos altos, pero un gringo aún más alto se acerca y pregunta a cada uno por el instrumento que toca. El mono felicita a Daniel por la hermosa Gibson azul que tiene a un lado del escenario. Al parecer se trata de un stage mánager, o algo así. Los reúne, parece darles consejos, les dice que se lo tomen con calma. Esa puede ser la clave; tal vez el tipo ha visto que acá todos andamos a las carreras. Les regala púas de guitarra marcadas, les muestra aparatos y les enseña un par de cosas. Él gringo sabe de lo que habla, y parece ser un bacán.

 

Se lleva a Andee y le regala un trago que saca de las bebidas de Mr. Jagger. Es justo lo que un músico necesita cuando está a punto de enfrentar un estadio lleno de gente que no ha pagado por verlo.

 

Estando en eso, el tiempo termina de pasar y llega la hora.

 

Tienen 30 minutos sobre el escenario que luego pisará la banda más grande del planeta; en un rato los Rolling Stones darán un concierto que este país no va a olvidar jamás. Galeano dice lo que hay que decir: “Lo que fue, fue…”.

 

Van a la guerra. Como si fuera un chiste interno, Diamante sale a tocar Kamikaze.

 

“Estar al borde se siente bien”.

 

Por: Ricardo Durán.

Fuente: Rolling Stone Colombia.

 

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